Descubrí que aún puedo ser niña
Que puedo sentir y jugar como una pequeña
Que puedo bailar y cantar sin vergüenza
Que el amor verdadero no se encuentra en las formas ni presencias
Que cuando se impone el alma, la razón no obedece
Que puedo preguntar sin sentir que soy ignorante
Que soy ignorante y nada sé
Que mi inteligencia no era todo lo útil que esperaba
Que no debo temer a mi sensibilidad
Que no debo luchar por ser entendida. Solo debo entender
Que de la certeza he pasado a la incertidumbre
Que nunca seré amiga de lo incierto
Que mi felicidad no está aquí
Que el dolor ofrecido desde el alma da frutos eternos
Que la belleza no se ve con los ojos.
Que el pasado es presente cuando no se olvida
Que la objetividad es un don y la subjetividad una condena
Que aceptar al oponente es más fácil que admitir las caídas de los amigos
Que para hablar necesitas amor , para escuchar entrega y para responder el silencio
Que no es necesario esforzarse en explicar lo que se siente, simplemente dejar que el sentimiento hable por mi.
Que la soledad es mi mejor amiga y necesito de ella ahora….siempre.
Que todo lo verdaderamente valioso está cubierto de sacrificio, entrega, amor y abandono de si.
Que para caminar por la senda correcta debemos aceptar entregar nuestro destino a Dios.
Que Dios no me abandona: yo lo dejo de lado.
Que ofrecer mi dolor a cambio de la felicidad de otros es comprender el sentido de ser feliz.
Que el egoísmo daña por partida doble
Que sufrir nos lleva a la perfección, a través del aprendizaje
Que lo que hagamos sin agrado será recompensado si lo hacemos por el bien del prójimo
Que puedo llorar sin sentir debilidad
Que cada día es una oportunidad que debo vivir como si fuera la última
Que poner piedras en el camino es masoquismo y que las pongan por uno, envidia
Que las dificultades me tornan más fuerte.
Que los sueños si se hacen realidad y la utopía espera su turno.
Que una sola palabra puede cambiar el curso de mi día.
Que tengo paz.
Que tengo a Dios y ese hecho colma mi vida de amor.
lunes, 15 de abril de 2013
Un hombre afortunado
Una vez había una familia que no era ni
rica ni pobre. Vivían en una pequeña casa de campo de Ohio. Una noche se
sentaron juntos para cenar y alguien tocó la puerta. El padre se acercó
a abrir.
Ahí estaba un hombre viejo con ropa desgarrada, pantalones rotos y sin botones. Cargaba una canasta llena de verduras. Le preguntó a la familia si querían comprarle algunas. Ellos aceptaron porque querían que se fuera rápido.
Con el paso del tiempo, la familia y el hombre viejo se hicieron amigos. El hombre le traía verduras cada semana a la familia. Pronto se enteraron de que él era ciego y que tenía cataratas en los ojos. Pero era tan amigable que aprendieron a esperar ansiosamente sus visitas y a disfrutar de su compañía.
Un día, mientras entregaba las verduras, dijo:
- ¡Ayer tuve la más grande bendición! Encontré una canasta de ropa afuera de mi casa que alguien me dejó.
La familia, sabiendo que él necesitaba ropa, dijo:
-¡Qué maravilloso!
El hombre viejo y ciego, dijo:
- La parte más maravillosa es que encontré una familia que verdaderamente necesitaba esa ropa.
Ahí estaba un hombre viejo con ropa desgarrada, pantalones rotos y sin botones. Cargaba una canasta llena de verduras. Le preguntó a la familia si querían comprarle algunas. Ellos aceptaron porque querían que se fuera rápido.
Con el paso del tiempo, la familia y el hombre viejo se hicieron amigos. El hombre le traía verduras cada semana a la familia. Pronto se enteraron de que él era ciego y que tenía cataratas en los ojos. Pero era tan amigable que aprendieron a esperar ansiosamente sus visitas y a disfrutar de su compañía.
Un día, mientras entregaba las verduras, dijo:
- ¡Ayer tuve la más grande bendición! Encontré una canasta de ropa afuera de mi casa que alguien me dejó.
La familia, sabiendo que él necesitaba ropa, dijo:
-¡Qué maravilloso!
El hombre viejo y ciego, dijo:
- La parte más maravillosa es que encontré una familia que verdaderamente necesitaba esa ropa.
Los hijos y la antorcha
¿Hay un período mágico cuando los hijos
se hacen responsables por sus propias acciones? ¿Hay un momento
maravilloso, cuando los padres nos convertimos sólo en espectadores, en
la vida de nuestros hijos, nos alzamos de hombros y decimos:
“Es la vida de ellos” sin sentir nada?
Cuando contaba con 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo y pregunté:
- ”¿Cuándo pararé de preocuparme”?
La enfermera dijo:
- ¡Cuando salgan de la etapa de accidentes!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 30 años, me senté en una pequeña silla en la clase y escuchaba como uno de mis hijos hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente.
Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo:
- ¡”No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego usted, podrá sentarse tranquila… relajarse y disfrutarlos”!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 40 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara…
…que los autos llegaran a casa…
…que la puerta de la casa se abriera.
Una amiga me dijo:
- “¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos”.
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser vulnerable.
Todavía me estaba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no podía hacer nada acerca de ello…
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.
Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocuparme y llevar mi propia vida. Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional:
“Luces pálida hija, estás bien? Estás deprimida por algo?”
¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?
¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido?
¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana?
Un día uno de mis hijos, se irritó conmigo.
Me dijo:
- ¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado…!
Y yo solo me sonreí y no dije nada. La antorcha había sido entregada!!!
“Es la vida de ellos” sin sentir nada?
Cuando contaba con 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo y pregunté:
- ”¿Cuándo pararé de preocuparme”?
La enfermera dijo:
- ¡Cuando salgan de la etapa de accidentes!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 30 años, me senté en una pequeña silla en la clase y escuchaba como uno de mis hijos hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente.
Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo:
- ¡”No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego usted, podrá sentarse tranquila… relajarse y disfrutarlos”!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 40 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara…
…que los autos llegaran a casa…
…que la puerta de la casa se abriera.
Una amiga me dijo:
- “¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos”.
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser vulnerable.
Todavía me estaba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no podía hacer nada acerca de ello…
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.
Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocuparme y llevar mi propia vida. Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional:
“Luces pálida hija, estás bien? Estás deprimida por algo?”
¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?
¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido?
¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana?
Un día uno de mis hijos, se irritó conmigo.
Me dijo:
- ¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado…!
Y yo solo me sonreí y no dije nada. La antorcha había sido entregada!!!
La antorcha y los hijos
¿Hay un período mágico cuando los hijos
se hacen responsables por sus propias acciones? ¿Hay un momento
maravilloso, cuando los padres nos convertimos sólo en espectadores, en
la vida de nuestros hijos, nos alzamos de hombros y decimos:
“Es la vida de ellos” sin sentir nada?
Cuando contaba con 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo y pregunté:
- ”¿Cuándo pararé de preocuparme”?
La enfermera dijo:
- ¡Cuando salgan de la etapa de accidentes!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 30 años, me senté en una pequeña silla en la clase y escuchaba como uno de mis hijos hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente.
Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo:
- ¡”No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego usted, podrá sentarse tranquila… relajarse y disfrutarlos”!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 40 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara…
…que los autos llegaran a casa…
…que la puerta de la casa se abriera.
Una amiga me dijo:
- “¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos”.
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser vulnerable.
Todavía me estaba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no podía hacer nada acerca de ello…
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.
Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocuparme y llevar mi propia vida. Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional:
“Luces pálida hija, estás bien? Estás deprimida por algo?”
¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?
¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido?
¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana?
Un día uno de mis hijos, se irritó conmigo.
Me dijo:
- ¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado…!
Y yo solo me sonreí y no dije nada. La antorcha había sido entregada!!!
“Es la vida de ellos” sin sentir nada?
Cuando contaba con 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo y pregunté:
- ”¿Cuándo pararé de preocuparme”?
La enfermera dijo:
- ¡Cuando salgan de la etapa de accidentes!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 30 años, me senté en una pequeña silla en la clase y escuchaba como uno de mis hijos hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente.
Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo:
- ¡”No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego usted, podrá sentarse tranquila… relajarse y disfrutarlos”!
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Cuando contaba con 40 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara…
…que los autos llegaran a casa…
…que la puerta de la casa se abriera.
Una amiga me dijo:
- “¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos”.
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser vulnerable.
Todavía me estaba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no podía hacer nada acerca de ello…
Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.
Yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.
Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocuparme y llevar mi propia vida. Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional:
“Luces pálida hija, estás bien? Estás deprimida por algo?”
¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?
¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido?
¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana?
Un día uno de mis hijos, se irritó conmigo.
Me dijo:
- ¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado…!
Y yo solo me sonreí y no dije nada. La antorcha había sido entregada!!!
La Cruz pesada
Un joven, que no sabía que hacer con tantos problemas, oraba en su cama, y así cayó en un profundo sueño.
En sus sueños él ve a Dios, y le dice: "Señor, no puedo seguir, mi cruz es demasiado pesada".
El Señor, lo lleva ante un ángel, el cual le muestra una opción y le dice:
"Joven, si no puedes llevar el peso de tu cruz, puedes guardarla dentro de esa habitación que ves ahí. Después, escoge de entre todas las demás cruces que ahí se encuentran, la cruz que tu quieras".
El joven suspiró aliviado.
-"Gracias", dijo, e hizo como le indicó el ángel. Entró a la habitación y entregó allí su cruz y continuó su recorrido a través de toda esa enorme habitación buscando una cruz que le viniera más cómoda de llevar. Vio muchas cruces, algunas tan grandes que no les podía ver la parte de arriba, pero siguió su búsqueda por la habitación que pareciera no tener fin, probó toda clase de cruces que ahí se encontraban.
Algunas fueron muy pesadas, otras tan pequeñas que le parecían muy fáciles de sobrellevar, y él no quería decepcionar al Señor, así que siguió caminando hasta que vio una cruz apoyada en un extremo de la habitación, al probarla sintió que le quedaba muy bien, no era ligera y sin embargo no pesaba demasiado, así que decidió tomarla con un poco de esfuerzo...se la acomodó a su espalda y buscó al ángel.
"Angel", susurró, "quisiera ésta".
El ángel empezó a exclamar algunas palabras, pero el Señor se dirijió al joven diciéndole:
-"Hijo mío, no existe mejor elección, felicidades". -El joven se retiró lleno de alegría.
El ángel le dijo a Dios:
"Pero Señor, el joven se lleva la misma cruz con la que llegó aquí."
Precisamente eso quería que aprendiera, muchas veces creemos que nuestra carga es la más peasada, hasta que realmente observamos las de otros, cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre brillará el sol después de una tormenta.
Cuando los problemas de la vida nos parecen abrumadores, Debemos, estar gozozos y agradecídos porque sabemos que el Señor no nos va a dar más carga que la que podamos llevar, y aún, con nuestras cargas, sus brazos estarán alrededor de nuestra vida para ayudarnos a llevarla.
En sus sueños él ve a Dios, y le dice: "Señor, no puedo seguir, mi cruz es demasiado pesada".
El Señor, lo lleva ante un ángel, el cual le muestra una opción y le dice:
"Joven, si no puedes llevar el peso de tu cruz, puedes guardarla dentro de esa habitación que ves ahí. Después, escoge de entre todas las demás cruces que ahí se encuentran, la cruz que tu quieras".
El joven suspiró aliviado.
-"Gracias", dijo, e hizo como le indicó el ángel. Entró a la habitación y entregó allí su cruz y continuó su recorrido a través de toda esa enorme habitación buscando una cruz que le viniera más cómoda de llevar. Vio muchas cruces, algunas tan grandes que no les podía ver la parte de arriba, pero siguió su búsqueda por la habitación que pareciera no tener fin, probó toda clase de cruces que ahí se encontraban.
Algunas fueron muy pesadas, otras tan pequeñas que le parecían muy fáciles de sobrellevar, y él no quería decepcionar al Señor, así que siguió caminando hasta que vio una cruz apoyada en un extremo de la habitación, al probarla sintió que le quedaba muy bien, no era ligera y sin embargo no pesaba demasiado, así que decidió tomarla con un poco de esfuerzo...se la acomodó a su espalda y buscó al ángel.
"Angel", susurró, "quisiera ésta".
El ángel empezó a exclamar algunas palabras, pero el Señor se dirijió al joven diciéndole:
-"Hijo mío, no existe mejor elección, felicidades". -El joven se retiró lleno de alegría.
El ángel le dijo a Dios:
"Pero Señor, el joven se lleva la misma cruz con la que llegó aquí."
Precisamente eso quería que aprendiera, muchas veces creemos que nuestra carga es la más peasada, hasta que realmente observamos las de otros, cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre brillará el sol después de una tormenta.
Cuando los problemas de la vida nos parecen abrumadores, Debemos, estar gozozos y agradecídos porque sabemos que el Señor no nos va a dar más carga que la que podamos llevar, y aún, con nuestras cargas, sus brazos estarán alrededor de nuestra vida para ayudarnos a llevarla.
miércoles, 10 de abril de 2013
Una Segunda Oportunidad
Había un hombre muy rico que poseía
muchos bienes, una gran estancia, mucho ganado, varios empleados, y un
único hijo, su heredero. Lo que más le gustaba al hijo era hacer
fiestas, estar con sus amigos y ser adulado por ellos. Su padre siempre
le advertía que sus amigos sólo estarían a su lado mientras él tuviese
algo que ofrecerles; después, le abandonarían.
Un día, el viejo padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito:
"Para que nunca desprecies las palabras de tu padre"
Mas
tarde, llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo: Hijo mío,
yo ya estoy viejo y, cuando yo me vaya, tú te encargarás de todo lo que
es mío... Y yo sé cual será tu futuro. Vas a dejar la estancia en manos
de los empleados y vas a gastar todo el dinero con tus amigos. Venderás
todos los bienes para sustentarte y, cuando no tengas más nada, tus
amigos se apartarán de ti. Sólo entonces te arrepentirás amargamente por
no haberme escuchado. Fue por esto que construí esta horca. ¡Ella es
para ti! Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te dije, te
ahorcarás en ella.
El joven se rió, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo haría, pensando que eso jamás sucedería.
El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad. Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir: ¡Ah!, padre mío... Si yo hubiese escuchado tus consejos... Pero ahora es demasiado tarde.
Apesadumbrado, el joven levantó la vista y vio el establo. Con pasos lentos, se dirigió hasta allá y entrando, vio la horca y la placa llenas de polvo, y entonces pensó: Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuando estaba vivo, pero al menos esta vez haré su voluntad. Voy a cumplir mi promesa. No me queda nada más...
Entonces, él subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó: ¡Ah!, si yo tuviese una nueva oportunidad...
Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta... Era el fin.
Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta... Era el fin.
Sin embargo, el brazo de la horca era hueco y se quebró fácilmente, cayendo el joven al piso. Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, perlas, rubíes, safiros y brillantes, muchos brillantes... La horca estaba llena de piedras preciosas. Entre lo que cayó encontró una nota. En ella estaba escrito:
"Esta es tu nueva oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre"
Dios es exactamente así con nosotros. Cuando nos arrepentimos, podemos ir hasta él. El siempre nos dá una nueva oportunidad.
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