jueves, 20 de junio de 2013

pantalones mojados

El niño de 8 años entró en el salón de clase para hacer su examenfinal. El se encontraba muy nervioso acerca de tal examen, su angustia creció tanto que sin poderse controlar se orinó en sus pantalones.
Miró hacia abajo y vio como gotas caían suavemente al piso. Para su sorpresa cuando levanta su vista y ve a su profesora nota que ella lo llama a su escritorio. ¿Cómo podría moverse sin dejar al descubierto su situación? La profesora al notar que el niño esta como paralizado y no va hacia ella, lentamente se viene al pupitre del niño.
Oh, no! Piensa él. ¿Qué voy hacer? Ahora seré avergonzado y mis compañeros se reirán de mi.
En ese momento una niña, compañera de clases, viene hacia él con una pecera y al pasar frente a él se tropieza y derrama el agua de la pecera sobre la ropa de él, mojándole totalmente…
La Maestra apresuradamente toma al niño y lo lleva al baño para ayudarlo a secarse su ropa, mientras el internamente decía: Gracias Dios! Gracias Dios! Que gran regalo me diste!
Para ocultar aún mas lo que vivió, al regresar al salón de clases, miró a la niña y le grito:
- “¿No sabes por donde caminas?”
En el tiempo de receso ningún compañerito se quiso acercar a esta niña y ella estaba sola. Todos la miraban con menosprecio por haber mojado al compañero.
Cuando terminó la clase, la niña iba caminando solita hacia su casa, ya que ninguno quiso estar con ella y el niño se acercó y le pregunto:
- Realmente te tropezaste? Fue un accidente?
Y ella lo miró y le dijo:
- No, yo vi lo que te paso, vi que te orinaste y la profesora venia a ti, por eso corrí y tome la pecera para hacer que me tropezaba porque no quería que fueras avergonzado en clase.
Ahora el niño estaba más paralizado de lo que se sintió en el salón…
Cuantas veces han derramado la pecera sobre nosotros para protejernos? Cuantas veces se ha creado una situación que no hemos entendido en el momento, pero luego entendemos que solo fue para beneficiarnos?
Conservemos la calma ante las situaciones que se nos presenten, siempre llegará una solución, aunque a primera vista no la reconozcamos.

martes, 4 de junio de 2013

MochilerosUIO

Robert Chesebrough tenía un producto en el cual creía incondicionalmente. En realidad, era un invento propio. Chesebrough había transformado el sedimento que se forma en los ejes de los equipos de petróleo, cera de varillas, en una gelatina de petróleo que personalmente había comprobado que poseía grandes propiedades curativas.
Creyó tan profundamente en los aspectos curativos de su creación que se transformó en su propio “sujeto experimental”. Para demostrar a otros los beneficios de su producto, Chesebrough se quemó con ácidos y con fuego… y se cortó y raspó tan frecuentemente y profundamente… que durante toda su vida llevó las cicatrices de sus experimentos.
No obstante, Chesebriugh demostró su punto de vista y la gente se convenció. Solamente tenían que mirar sus heridas y cómo las mismas se habían curado para ver el valor de su producto… el cual sigue siendo todo un éxito. Lo conocemos como vaselina.
¿Qué ve usted actualmente como una posibilidad?
¿Está lo suficientemente convencido de su potencial para ayudar a otros como para estar dispuesto a invertir su tiempo, energías, recursos y esperanzas para desarrollarlo?
El futuro pertenece a los que ven las posibilidades antes de que ellas se vuelvan evidentes.
Vía Renuevo de Plenitud

Gente Feliz

He buscado la causa profunda,
de la felicidad humana.
Nunca la he encontrado en el dinero,
en el lujo, en el propio provecho,
en el poder, en el ocio,
en el ruido, en el placer.
En las personas felices,
he encontrado siempre una rica vida interior,
una alegría espontánea
hacia las cosas pequeñas,
una gran sencillez.
En las personas felices,
me ha impresionado siempre,
la falta de envidias insensatas.
En las personas felices,
no he encontrado nunca impaciencia,
agresividad o divismo.
Casi siempre poseían
una gran dosis de humorismo.
Phil Bosmans

Regalo de Bodas

El reverendo Charlfant cuenta de una pareja que estaban celebrando las bodas de oro de su matrimonio. Como los ancianos tienen por costumbre, el anciano caballero respondió con un relato.
Su esposa Sara, fue la única chica con quien salió alguna vez. Él había crecido en un orfanato y trabajó duro por todo lo que tenía. Nunca había tenido tiempo para salir hasta que Sara lo levantó en peso. Antes de que se diera cuenta, ella se las había arreglado para hacer que él le pidiera que se casara con él.
Después que habían pronunciado sus votos el día de su boda, el padre de Sara se llevó a un lado al recién estrenado esposo y le entregó un regalito, diciéndole: -Dentro de este paquetito está todo lo que en realidad necesitas saber para tener un matrimonio feliz.
El nervioso joven abrió con torpeza el papel y la cinta hasta que tuvo el paquete desenvuelto.
Dentro de la caja había un gran reloj de oro. Con gran cuidado lo tomó en la mano. Al examinralo de cerca, vio grabado a través de la esfera del reloj un prudente recordatorio que tendría que ver cada vez que mirara la hora; palabras que si se obedecían, contenían el secreto para el éxito de un matrimonio: “Dile algo agradable a Sara.”
Morris Chalfant