No éramos ricos, éramos felices. Porque parte de la felicidad del regalo era la espera, ansiada, larga, prolongada a propósito por nuestros padres, con una cantidad de requisitos que nos enloquecían: portarse bien, estudiar con juicio, obedecer, respetarlos, etc. A veces y si después de todo el regalo no llegaba, por cualquier circunstancia ajena a nuestro comportamiento, muy hábilmente ellos le ponían el toque religioso, es decir, algún castigo divino había por ahí, por una falta cometida y que ellos no la sabían y nosotros si. Lo más lindo era cuando el regalo llegaba: muy en el fondo del corazón creíamos merecerlo porque fuimos muy buenos. Y cuanto lo disfrutamos, es que realmente se ganaba. Y no eran muy frecuentes: un cumpleaños, la primera comunión, una navidad y ya es suficiente por este año. Y eran regalos que nos despertaban la mas viva imaginación: la muñecas no hablaban, el libreto era nuestro, con 6 7 años nos convertíamos en las mas tiernas mamás de esas rígidas con ojos de cristal y cabello de plástico, pero las adorábamos. Un libro de cuentos nos transportaba a reinos mágicos que solo cabían en nuestra fantasiosa cabecita. Cuantas cosas se hacían con una pelota: el mundo era el límite, viéndola rodar.
Es cierto los tiempos han cambiado, y los niños de hoy tienen sus propios juegos, pero buena parte de la diversión ya viene dentro de las instrucciones. ALBA
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