No recuerdo que mi padre “saliese con los
muchachos” o libase licor. Todo lo que pedía de mi como su hija, era
sostener su martillo mientras reparaba algo, para que pudiésemos tener
un tiempo para conversar.
Nunca vi a mi padre regresar enfermo del
trabajo, ni tampoco tomarse una siesta. No tenía entretenimientos más
allá de cuidar de su familia.
Por 22 años, desde que dejé el hogar para
ir a la universidad, mi padre me llamó cada domingo a las 9:00 a.m.
Siempre estuvo interesado en mi vida, sobre cómo le iba a mi familia, y
nunca le oí quejarse de su vida. Las llamadas las hizo aún cuando él y
mamá estaban en Australia, Inglaterra o Florida.
Hace nueve años, cuando compré mi primera
vivienda, mi padre de 67 años, invirtió ocho horas al día por tres días
en el intenso calor de Kansas, pintándola.
No me dejaba pagarle a alguien que lo
hiciera. Todo lo que pedía era un vaso de té frío, y que le sostuviese
la brocha de pintura para poder conversar conmigo. Pero yo estaba
demasiado ocupada, tenía una práctica legal que ejercer, y no podía
disponer del tiempo para sostener una brocha o hablar con mi padre.
Hace cinco años, a la edad de 71, otra
vez en el sofocante calor de Kansas, mi padre invirtió cinco horas
armando un columpio para mi hija. De nuevo, todo lo que pedía era que le
llevase un vaso de té frío y le hablase. Pero nuevamente yo tenía ropa
que lavar y una casa que limpiar.
Hace cuatro años, mi padre condujo desde
Denver a Topeka, con un plantón de árbol, original de Colorado, de ocho
pies, en su maletero, para que mi esposo y yo pudiésemos tener un poco
de vegetación de allá en nuestra tierra. Yo me preparaba para un viaje
ese fin de semana y no pude pasar mucho tiempo atendiendo a papá.
La mañana del domingo 16 de enero de
1996, mi padre me telefoneó como siempre, esta vez desde el hogar de mi
hermana en Florida. Conversamos sobre el árbol que me había traido, “El
Gordo Alberto”, pero esa mañana lo llamó “El Gordo Oscar” y parecía
haber olvidado algunas cosas que habíamos conversado la semana anterior.
Como tenía que ir a la iglesia, abrevié y corté la conversación.
La llamada me llegó a las 4:40 p.m., ese
día: mi padre estaba en el hospital en Florida con un aneurisma. Tomé un
avión de inmediato, y mientras iba en camino, pensé en todas las veces
en que no había tomado el tiempo para hablar con mi padre. Me di cuenta
que yo no tenía idea de quién era él o cuáles eran sus más profundos
pensamientos.
Decidí que al llegar, le compensaría por
todo el tiempo perdido y tendría una conversación larga y agradable con
él para realmente conocerle. Llegué a Florida a la 1 a.m.; mi padre
había muerto a las 9:12 p.m. Esta vez fue él quien no tuvo tiempo para
hablar conmigo o tiempo para esperarme. En los años desde su muerte he
aprendido mucho acerca de mi padre, y aún sobre mí misma.
Como padre nunca me pidió nada excepto mi tiempo; ahora tiene toda mi atención, todos y cada uno de mis días.
Nos cuesta a veces darle el tiempo precioso a quién realmente se lo merece. Sin duda esas personas no nos niegan el suyo. Vamos hoy a dedicarle tiempo a quien se lo merece.
Nos cuesta a veces darle el tiempo precioso a quién realmente se lo merece. Sin duda esas personas no nos niegan el suyo. Vamos hoy a dedicarle tiempo a quien se lo merece.
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