Con gran enfado, el joven arrojó su llave
mecánica a la entrada de los autos, yendo a parar lejos. Por horas
había intentado cambiar las bandas de los frenos del pequeño auto
importado de su esposa. De nada sirvió que fuera el mejor de los
mecánicos “mediocres”.
Finalmente, exasperado entró a la casa como un torbellino e informó a
su esposa que había un problema serio con su carro que no podía
solucionar.
-Es más -gritó-, no sé si alguien pueda repararlo.
Con ternura, ella le agradeció sus esfuerzos y de inmediato llamó por
teléfono a su padre, un mecánico experto. Luego de explicarle la
situación, acordaron dirigirse a la biblioteca más cercana y conseguir
un manual del automóvil. Con mucho cuidado, copiaron las páginas que
indicaban cómo cambiar las bandas de los frenos. Después, se detuvieron
en una tienda de piezas para autos extranjeros y compraron las
herramientas indispensables para ese trabajo en particular. Por último,
llegaron hasta el carro y en treinta minutos, completaron la reparación.
¿Qué marcó la diferencia? Tres aspectos:
Primero, ella contactó a su padre, un mecánico experto.
Segundo, encontraron el manual de instrucciones correcto y lo
siguieron al pie de la letra. A veces, persistimos en obrar sin
consultar las instrucciones.
Finalmente, adquirieron las herramientas apropiadas para efectuar el
trabajo. Dios siempre nos proporcionará las herramientas adecuadas, sólo
tenemos que echar mano de ellas.
Ya sea que hablemos de bandas de frenos o de decisiones cruciales de
la vida, es simplemente sorprendente, casi mágico, lo bien que funciona
todo cuando prestamos atención a las instrucciones.
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